Robo y fuga en cajero de Silao matan a Mariana Troncoso; su familia exige justicia

Mariana Troncoso Montes salió de su casa la mañana del 5 de enero con una lista corta de pendientes y una vida completa por delante. Nunca regresó.

Tenía 34 años, dos hijos adolescentes, un pequeño negocio de productos para mascotas y un lugar fijo en la duela con el equipo Zitnácua de basquetbol. Aquella mañana solo iba al cajero de la Central de Autobuses de Silao.

En ese sitio un hombre se acercó con un teléfono. Preguntó cómo hacer un depósito sin tarjeta. El diálogo duró segundos. Bastó para que tomara la tarjeta de Mariana.

Florencia, su hija de 15 años, notó el engaño. Mariana reaccionó de inmediato. Corrió detrás del sujeto y lo alcanzó cuando subió a un automóvil azul oscuro.

Ahí comenzó la tragedia.

Mariana se sujetó del vehículo para impedir la fuga. El conductor aceleró. Mariana cayó al pavimento. Una camioneta que avanzaba detrás la arrolló frente a decenas de personas.

La escena quedó grabada desde varios ángulos. Testigos rodearon al conductor. Otros levantaron la camioneta para sacar a Mariana. Algunos exigieron su detención en voz alta. Todo quedó registrado en video.

Mariana aún respiraba. Una ambulancia de Protección Civil la trasladó al hospital. Llegó consciente. Reconoció a su familia. Habló. Los médicos diagnosticaron traumatismo craneoencefálico severo, lesiones en tórax y una fractura de fémur con sangrado intenso.

La noche transcurrió entre transfusiones y monitoreo. El 7 de enero una tomografía reveló un derrame cerebral masivo. Horas después Mariana murió

Desde entonces comenzó otra tragedia: la de la impunidad.

A pesar de los videos, de las placas del vehículo, de los testigos y del cerco ciudadano, ninguna autoridad ha informado sobre personas detenidas. Nadie explicó por qué el conductor que atropelló a Mariana nunca enfrentó una presentación ante el Ministerio Público.

Su esposo, José Manuel Montoya Ramírez, ahora cuida a José, de 17 años, y a Florencia, de 15, mientras enfrenta un proceso sin respuestas. No solo perdió a su esposa. Perdió la confianza en un sistema que permitió que un homicidio quedara sin responsables visibles.

En los cajeros de la Central comerciantes y usuarios relatan otros robos con el mismo método. Nadie vigila. Nadie previene. Nadie responde.

Mariana no murió por accidente. Murió por un robo y por una fuga. Murió frente a cámaras, frente a testigos, frente a una ciudad entera.

Y aun así, nadie ha pagado.